LA SÉPTIMA Y ÚLTIMA CARACTERÍSTICA DE LA POESÍA MODERNA



El séptimo rasgo de la poesía moderna
[1] es que el poeta formula la poética de la obra abierta (sustentada teóricamente por Umberto Eco[2]). Es decir, el poema se torna en un objeto inacabado, abierto a múltiples interpretaciones, no controladas por el autor. Es como si fuera una partitura que debiera ser ejecutada por el receptor. La poesía moderna (a partir de Charles Baudelaire y de Walt Whitman) crea esa partitura y deja al lector la posibilidad de que la ejecute con la mayor libertad posible.

En la literatura medieval y en la renacentista la poética de la obra abierta no aparecía de manera clara. En la Comedia de Dante la estructura tripartita (Infierno, Purgatorio y Paraíso) responde a un modelo teológico rígido que reduce, en cierto modo, las posibilidades de exégesis. No es posible imaginar que el infierno sea el paraíso porque ello significaría quebrar el sistema de la institución medieval que subyace al texto de Dante.

En la poesía renacentista de Garcilaso de la Vega o en la ascética de Fray Luis de León, la recurrencia a ciertos tópicos horacianos (como el carpe diem o el beatus ille) hace que el discurso poético se interprete sobre la base del modelo previamente fijado por la tradición. Si el poeta aborda el carpe diem, entonces el lector tiene que realizar la exégesis del poema poniendo de relieve la noción de la vida fugaz, la cual debiera ser disfrutada por el individuo. Si se desarrolla el beatus ille, entonces se trata de un alejarse del “mundanal ruido” con el fin de cultivar ciertos valores espirituales.

Desde el Barroco comienzan a manifestarse (según Eco) algunos rasgos de la poética de la obra abierta aunque no de manera consciente. Indudablemente, la arquitectura, la novela y la poesía barrocas son un estímulo al empleo de la imaginación por parte del receptor. Las Soledades de Góngora, con su habitual hermetismo, abre una ingente cantidad de posibilidades interpretativas. El empleo de las antítesis en los sonetos conceptistas de Quevedo constituye una invitación al uso de la fantasía en el proceso de interpretación.

Sin embargo, es a partir del Simbolismo francés en el siglo XIX (parangonable al Impresionismo pictórico de Monet y Renoir) cuando la poética de la obra abierta es asumida con plena madurez. Paul Verlaine decía que la música era lo primero en un poema porque abría múltiples posibilidades de interpretación. Stéphane Mallarmé afirmaba que el poeta debía sugerir y no explicar el sentido del poema. En la idea de sugerencia está implícito el concepto de que el lector debiera completar, con su imaginación, el sentido que el autor apenas ha esbozado.

NOTAS
[1] Véase, en los archivos de enero de 2007, el ensayo sobre las siete características de la poesía moderna.[2] Cf. Umberto Eco. Obra abierta. México, Ed. Origen/Planeta, 1985.

Comentarios

Svor dijo…
Muchisimas gracias por resumir tan claramente estos conceptos.
hasta la proxima

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